Tal y como os contaba en el relato del nacimiento de Iru, me parece necesario compartir nuestras historias de partos. La información es imprescindible para poder tomar decisiones conscientes y para reconstruir el imaginario colectivo sobre el parto de forma más acorde con la realidad o almenos mas libre de patriarcado. Parir es un momento vital en la vida de cada mujer que pare y somos nosotras y solo nosotras quienes debemos decidir dónde, como y con quien. Todas las formas que elegimos son perfectas, si la decisión ha podido ser realmente libre.

El sistema se ha encargado de intentar robarnos la posibilidad de vivir este momento vital de forma gozosa, placentera y libre, hasta el punto que muchas mujeres no creen que parir así sea posible.

Quiero contar una experiencia gozosa, placentera (no desde un punto de vista orgásmico que también los hay) y libre. ¡Visibilicemos nuestras experiencias de partos!


He tenido dos embarazos muy distintos, dos partos muy distintos, dos Júlias distintas pariendo y gestando, dos personas distintas naciendo. En común, dos partos preciosos en casa sin ninguna complicación ni intervención; dos embarazos conscientes, todas las decisiones tomadas desde un trabajo profundo y largo (desde años antes de quedarme embarazada por primera vez) de deconstrucción y construcción personal y de empoderamiento, de leer mucho y pensar mucho hasta perder el miedo (o más bien transformarlo) y tener toda la información que creí necesaria para decidir libremente sobre mi cuerpo, mi parto y el nacimiento de mis hijxs, hasta poder decidir con seguridad, tranquilidad y responsabilidad y esto pasa por trabajarse profundamente la idea de la vida y la muerte, de la libertad….

El parto de Mei empezó la noche del 23 de enero de 2020, a los dos días de encontrarme medio recuperada de «una gripe superchunga» con una tos que no me dejaba ni dormir (pocas semanas después posiblemente le habríamos puesto otro nombre) Aún recuerdo mis infusiones de marrubio, el própolis y todos los remedios al estilo artillería pesada que tenía al lado de la cama. El parto fue el día después de que el temporal Gloria nos destrozara el wc seco y volase parte del tejado de nuestra casa con chimenea incluida y lluvia de cenizas por tooooda la casa.
Acabábamos de cenar sobre las 21,30 h. Mi compañero estaba exhausto de haber estado todo el día arreglando el tejado, limpiando toda la casa, improvisando un wc, cumpliendo su jornada laboral en su antiguo trabajo, cocinándonos cosas calientes y nutritivas… Había una especie de paz y silencio bonito en casa, la calma total después de la tormenta (nunca más literal esta expresión). Una energía especial que puedo revivir ahora mismo, a la que a veces me transporto cuando necesito conectar con la calma.

Sobre la una y media de la madrugada me desperté y noté las primeras contracciones, suaves aunque seguidas y regulares. Pensé en seguir durmiendo, pero recordé a mis matronas diciéndome que por favor las avisara en cuando notara lo más mínimo. Ellas son sabias, ya sabían que todo podría ser muy rápido. Yo también había leído historias de segundos partos superrápidos aunque realmente mi cabeza no lo contemplaba como una opción posible.

Aunque mi primer parto no fue especialmente largo y todo transcurrió bien, ya había parido una vez, y la idea de volver a vivirlo me despertaba una mezcla de miedo y «pereza»… Aun recuerdo la sensación que tuve al parir por primera vez y pensar con muchísima convicción: «nunca más volveré a parir» o la sensación de rendición, de aceptar morir, de entregarse a la vida, al llegar al final de la dilatación completa. Es cierto que luego se pasó, pero la idea estaba allí en mi cuerpo y estaba despierta con el nuevo embarazo. Tenía esa idea de parto, de vivir lo mismo que había vivido. En mi cabeza estaban esas 8-9 horas de parto activo, intensísimo y doloroso al final. Yo ya tenía mi vivencia y en el fondo pensaba que iba a vivir algo mas o menos igual, en el mejor de los casos, el mismo patrón: unas cuantas horas muy suaves y gozosas donde yo me iba yendo poco a poco de este mundo y volvía después de un viajazo super intenso con mi bebé en brazos.

Así con este patrón mental pensaba en seguir durmiendo, pero mis matronas se instalaron en mi cabeza, así que avisé a mi compañero y las llamamos. Avisamos también a nuestra amiga Gal-la que tenía el papel de cuidadora de nuestro hijo mayor, para acompañarle en lo que él necesitara, cocinar, atender la casa etc. Ella vino super rápido a demás con unos kilos de naranjas para el batido de placenta.

Recuerdo estar delante de la estufa, balanceándome en la tela-columpio que cuelga del techo muy a gusto y tranquila y mirarme con mi compañero y decirle que ya podíamos dejar de contar contracciones, que estaba de parto y que no seria de ninguna manera falsa alarma. Las contracciones eran muy seguidas y largas. Lo viví tranquilamente, realmente a muy a gusto, con el calor del fuego y la calma, silencio y protección de la oscuridad de esa preciosa noche de luna nueva. Me sentia protegida y segura.

Después de avisar a las matronas recuerdo tener un momento en que conecté con la idea de que esto que me estaba pasando se salía un poco de mi esquema mental, aunque estaba a gusto y bastante presente (en mi primer parto me fui totalmente de esta realidad) decidí irme a la cama a dormir un rato (supongo que avisadas las matronas seguí con mi planning de seguir durmiendo). Ya tumbada en la cama tuve una contracción muy intensa y sentí totalmente mi bebé, visualice mi cuerpo, mi cuello del útero, abriéndose casi de golpe.
Mi hijo se despertó, recuerdo que me miró medio dormido y le expliqué que Mei estaba a punto de nacer, que estábamos muy bien y que en nada estaría ya aquí, sonrió y me dijo: «vale», se fue a la sala en silencio y no dijo nada más (o yo no lo oí ni vi más hasta que Mei ya había nacido).

Dos o tres contracciones intensas más me hicieron ver que aunque no pudiera creerlo, sí, iba a parir YA a mi bebe! Ana y Concha, nuestras matronas, estaban aún algo lejos y mi compañero asumió perfectamente el rol de matrón! Con una calma admirable me dijo que todo estaba bien, que Ana y Concha no llegarían, pero que él estaba allí conmigo y que íbamos a recibir a Mei, todo tan calmado y seguro que hizo que me quedase donde debía estar, en mis adentros, en mi parto, con mi bebé, segura y relajada. Recuerdo entonces romper aguas, tocar la cabecita de Mei, ya casi a punto de asomar a este mundo y disfrutar un montón ese momento, alegrarme de estarlo viviendo tan conscientemente y «sin prisa», con gozo. Mei nació rápido, pero salió lenta y suavemente. Todo esto sucedia entre cócteles de hormonas que hacían de mi parto pues lo que es un parto: algo animal y salvaje.

Luego recuerdo el impulso imparable de querer cogerla. Bizu me dijo en su modo supertranquilo y respetuoso «de matrón» que esperase un momento. Le quitó suavemente una vuelta de cordón que tenía en el cuello y me la puso en mis brazos (como había leído en un libro dice! Sin pinzar ni estirar, para no ahogarla, pasando el dedo suavemente y deslizándolo por la cabecita… creo que aún pongo la misma cara de sorpresa y admiración que cuando nos lo contó después del parto, en ese momento no me dijo nada).

¡Allí estaba Mei! ¡Ese momento indescriptible de verla por primera vez! ¡Toda cubierta de vernix, tan pequeñita, valiente y preciosa! Mientras la admirábamos llegó Ana con una ola de frío con ella y detrás suyo Iru (que aún seguía en la sala) y Gal-la. Mei se enganchó a la teta desde el primer momento y al cabo de media hora parí nuestra placenta que estuvo unas horas aun unida a Mei. Rondaba la idea de tener un parto lotus. Finalmente nos tiró más la parte práctica (en verano creo que lo hubiese visto más fácil) y decidimos cortar el cordón. Iru quiso cortar el cordón y lo recuerda como algo muy muy especial. Junto a Gal-la le prepararon una superbienvenida a Mei con pastel y vela de cumple 0 incluido.

En otro post os explico que hicimos con la placenta y el cordón umbilical.

Este fue mi segundo parto. Mei nació a las tres horas de notar las primeras contracciones de un parto gozoso, intenso y rápido. Parí en casa acompañada de mi pareja Bizu, de nuestro hijo Iru y nuestra amiga Gal-la en una noche de luna nueva.

Mei se adelantó un poco a nuestros planes, ella vino de sorpresa y nos pilló haciendo mil cosas. Aquí donde y como vivimos llevar la casa es casi una media jornada diaria y más como nos encontrábamos en ese momento (instalación de agua y luz por terminar, cocina por trasladar desde la yurta a la casita de madera donde iba a parir, agua caliente por poner, el huerto, el compost, árboles, mantener el wc seco, cortar leña, trasladar la leña, mantener dos fuegos…) así que todo lo fácil que fue el parto lo tuvo de duro el embarazo, sobre todo por Bizu que cuando mi cuerpo me pidió parar y no hacer absolutamente nada se encargó de todo esto mas de nuestro hijo, más de sus 9 horas de trabajo en la fábrica. Así que si de algo estoy segura es que el parto salió así de bien gracias principalmente a mi compañero. Y insisto, no solo por los momentos del parto, sino por su coresponsabilidad desde el primer dia de embarazo.

Esto daría para otra entrada… así que de momento, lo dejo aquí 🙂

Gracias por leerme y por compartir nuestras historias de partos.

Pd: no hubo fotos, ni tiempo de llenar la piscina, justito para un masaje con mi aceite Intimim en la espalda y encender un par de velitas. Por esto la foto de la entrada del blog no tiene mucho que ver… 😉